lunes, 3 de enero de 2011

Un mundo para Meryl (Tercera Parte)

- Insisto – dice Meryl, algo aburrida, mientras los metaleros se acercan - ¿Van a dejar a mis koreanitos en paz?
- ¡ARGHHHHH! – Gritan todos al unísono, abalanzándose sobre Meryl, decididos a no morir en deshonor
- Esperaba que dijeran eso – Susurra la fanática del k-pop, al tiempo que salta, destrozando el piso en donde estaba y dejando un hueco lo suficientemente grande como para que sus enemigos caigan y queden atrapados en él.
Ya no queda esperanza, lo último de valentía que les quedaba desaparece y aúllan amargamente, mostrando dolor. El líder trata de calmar a su manada y, tan religioso como es, les recita la oración de entrada de la muerte (a la que ellos llaman “el hombre de arena”) del libro de Metallica.
“Say your prays, little one. Don’t forget, my son, to include everyone…”
Unos tentáculos se acercan a ellos, retorciéndose por las paredes del hueco.
“I tuck you in, walk within, Keep you free from sin, 'til the sandman he comes…”
Los demás se abrazan a su líder, tratando de no llorar.
“Sleep with one eye open, gripping your pillow tight…”
Uno de ellos ahoga un grito, cuando un apéndice morado rosa sus mejillas. El jefe toma la mano de sus compañeros, para darles valentía, mientras sigue rezando. Luego todo se hace negro.
“Exit light, enter night. Take my hand… We're off to never never-land”
Se descubren, de pronto, fuera del agujero, completamente intactos y con la hombría a salvo. Miran a su alrededor, pero no ven a nadie y saben que se les está dando una última oportunidad. El líder no sabe qué hacer. Se supone que, por tradición, está obligado a seguir adelante; pero ya está quebrado en lo más profundo de su metalero espíritu.
Y entonces, de la nada, uno de sus compañeros le lanza una piedra, pero sin intención de dañarle. El jefe de la manada queda sorprendido, mientras el otro seguidor le golpea suavemente también. Según las leyes del metal, eso es una clara ofensa a la autoridad del líder, el cual debe dejar lo que sea que esté haciendo y cazar a los infractores, dándoles un justo castigo. El jefe sonríe, agradecido y “falla” el primer golpe que da a los “rebeldes”, que aprovechan para alejarse presurosos del sitio, arrastrando como pueden al compañero caído, perdiéndose en la distancia.
Meryl observa eso y sonríe. La broma fue todo un éxito.
- Ya no oigo los gritos de las fans – Dice Gary – Seguramente tus koreanitos ya se han ido
- Lo sé – Responde Kankoku-tan – Al menos logramos salvarlos
- Además, fue extrañamente divertido
- Como siempre
- Si, como siempre
Ya de noche, la k-popera duerme, soñando en coreano un sueño tan vívido que parece real. Un metrosexual puro se acerca a ella y la abraza, sujetándola con sus musculosos brazos; luego la besa, mirándola con amor. “Gracias por salvar a mis hijos” le dice el masculino korenito, al tiempo que acaricia su rostro con una rosa tan bella como roja.
Al día siguiente, despierta muy animada, con ganas de contarle su sueño a Gary. Su alegría es tal que sale casi saltando de su cuarto; tan llena de emoción que no se percata de nada, ni siquiera de que por su ventana se van flotando los últimos pétalos de una rojísima flor.


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