El eterno silencio que duró un segundo contuvo los miedos más intensos de ambos. Jonathan de pronto estuvo detrás de su amada, teleportado como si su nuevo poder le hubiese querido jugar una mala broma. Se negó a pensar nada y volvió hacia ella, para tocarla, para amarla como siempre lo hizo, pero su cuerpo volvió a saltar. Midori no pudo esconder un gesto de pánico, mientras el Agente Alec intentaba con todas sus fuerzas acercarse a ella, mientras su cuerpo la pasaba de largo. Jonathan gritó, con lágrimas en los ojos, tratando de luchar contra si mismo. Siguió “saltando” alrededor de Midori, incapaz de sentirla una vez más.
Y de pronto, presa del colapso mental, el hombre se desmayó.
Alec abrió los ojos y se encontró frente a Okami. Por un momento su mente le dijo que todo fue un sueño; pero al escuchar el llanto de Midori, supo que lo que había pasado fue real. Jonathan miró a todos lados y se dio cuenta que estaba en la cama de un hospital; miró al Dr. Moetaku, que le tomaba el pulso y luego vio a su amada, sentada (según sintió él) a varios metros de su cama.
- Es mejor que los deje a solas – Dijo Okami, con voz triste, luego se paró y se fue de la habitación
- No te preocupes – Jonathan trató de consolar a su chica
- Alec… - Trató de decir Midori
- Seguramente es un efecto secundario del… ahm… del proyecto – Alec siguió, sin escucharla
- … Escucha… - la chica intentó completar su frase nuevamente
- Estoy seguro que lo arreglarán pronto y de ahí nos podremos…
- ¡Basta! – Midori se quebró - ¡Basta! ¡Basta! Todo esto es mi culpa, es mi culpa ¡Dios santo! Y tú sin saberlo
- De que hablas, linda; tu nunca has sido culpable de nada
- El Dr. Moetaku me lo dijo
- ¿Qué te dijo ese tipo? – Jonathan intentó incorporarse – Si acaso él te dijo alguna estupidez, juro que lo mato
- ¿Sabes cómo se activa tu poder? – Cortó Midori, en seco
- ¿Cómo sabes que…? ¿Qué te dijo el Dr. Moetaku? Se supone que es confidencial
- ¿En qué pensaste cuando te transformaron?
- E-En el min pao, como me dijeron. Pensé en cómo te gustaba… - Alec hizo una pausa siniestra – Pensé en ti
- Ahora lo entiendes, ¿No? Lo que comes no activa tus poderes, es lo que te hace recordar… Yo
- No, no, no… Tiene que haber un error… Eso no es lo que me dijeron… Seguro hay forma de remediarlo
- El proceso es irreversible
- ¡NO! – Gritó Alec al tiempo que intentó alcanzar a su chica, sólo para teleportarse a su costado
- Lo siento – Midori bajó la mirada mientras Jonathan seguía intentando abrazarla
- Esto no puede ser, no lo acepto – la voz del joven tembló
- Lo siento, lo siento – Las lágrimas de la chica se derramaron por el piso – Soy una cobarde, no soy capaz de verte sufrir, lo siento
- ¿Qué me estas diciendo? – el hombre sintió que su corazón daba tumbos
- Que no tengo valor para seguir. Te estoy haciendo sufrir
- No digas eso, debe haber otra forma; podemos encontrar la manera de…
- Soy una cobarde, lo siento – Midori se fue corriendo, dejando en el suelo el anillo de acero inolvidable. Alec intentó seguirla, pero estaba tan débil que no pudo.
De nuevo, un sueño. Un sueño de Jonathan y Midori paseando por los pasillos de un centro comercial en el que nunca estuvieron antes; un sitio lleno de tiendas vacías y paredes color arena que se extendían hasta el infinito y cientos de niveles hacia abajo, en los que se podía ver algo de gente. El piso en el que estaban, el más alto, estaba desierto y ambos aprovecharon esto como excusa para empezarse a besar; de pronto ya no estaban en los pasillos, sino cerca al elevador. Jonathan sabía que tenían que bajar y fue Midori la primera que entró en el ascensor, pero por alguna razón extraña, la puerta se cerró antes que él pudiera seguirla y el agente Alec supo que ese aparato no volvería subir jamás. Trató de encontrar las escaleras de emergencia, pero algo en su mente le dijo que no las iba a encontrar; fue entonces que recordó los poderes que tenía y pensó en el sitio donde podía volverla a encontrar.
Alec despertó, dándose cuenta que, en medio de su sueño, se había teleportado al café con vista a la colina donde él y Midori empezaron su relación.
Jonathan rompió en llanto al recordar la realidad; el mundo seguía avanzando, pero su amada y él ya no. En la oscuridad del local cerrado, el “jumper” se acurrucó bajo una mesa, tratando de asimilar su situación. Pero su silencio sagrado fue cortado por el ruido de un perro callejero (como los que Alec solía alimentar) que, de alguna manera, se había colado en el interior.
Una cachorra pequeña, de brillante pelaje castaño, gemía de hambre y buscaba compasión… ¿Compasión? ¿Acaso el mundo la había tenido con Alec? ¿Acaso no habían jugado ya mucho con él? Se sintió como el perro, gimoteando por algo que necesitaba para vivir; rogando y humillándose frente a la nada y, por supuesto, esta jamás iba a reaccionar.
Él era un perro sin dueño por culpa del destino… A menos que…
La cachorra salió volando por los aires cuando Jonathan la pateó y se estrelló contra la pared, sólo para ser pateada nuevamente, con un profundo rencor. Alec se vio a si mismo, matando la debilidad de su ser; el destino quería humillarlo, pero él no se dejaría eso, ya no. “Se golpeó” nuevamente, ignorando los gemidos y la mirada de terror de su “otro yo”; lo pateó hasta que no le quedaron fuerzas, hasta que el animalillo no fue otra cosa que una masa sangrante de carne y, luego de devorar en la cocina un par de min pao congelados, se teleportó.
Cuando fueron a buscarlo, a la mañana siguiente, lo encontraron uniformado y listo para trabajar. Ninguno de los agentes se dio cuenta de las ropas ensangrentadas en el tacho de basura, ni de la mirada fría que Jonathan ocultó tras unas gafas de sol. Fueron mucho menos capaces de darse cuenta que el Agente Alec ya estaba anidando un rencor profundo hacia los otros, hacia la agencia para la que trabajaba y hacia el maldito Dr. Moetaku que, con su imbecilidad, le quitó el amor. Y por supuesto, nadie supo que la noche anterior, después de matarse como un perro, había decidido destruirlos a todos ellos desde el interior.
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