lunes, 6 de junio de 2011

No se puede vivir del Shoujo (5ta parte)

En Lima-3, amaneció el 20 de agosto. Alfredo (Hito-san) miró su reloj de mesa, eran las 5:30 a. m. Como todas las mañanas, se levantó para ir a la panadería genérica, llenó su carretilla de variopintos panes y comenzó su ritual laboral, paseando por las diversas calles de esta gris ciudad en su blanco uniforme, mientras su claxon anunciaba que “el señor de los panes” ya llegó.

Entre esquina y esquina, aprovechó en llamar a sus amigos, coordinando con ellos y anotando los avances de todos. Aún no había noticias de Chokobo, Guzana o Friki; Kaypaku y Okami tampoco daban rastro y los demás estaban investigando lo poco que había en el informe de la agencia de inteligencia, además de alguna forma de contener a Shoujo, con escasos resultados.

Hito estaba tratando de armar el rompecabezas mental que tenía en su cabeza. Le parecía ilógico que alguien como Shoujo, una de las tres energías que equilibran esta dimensión otaku, pudiese dedicarse cerca de 15 años de su existencia a una fútil venganza y consideraba que había algo más detrás de todo esto; fue por eso que decidió hacer equipo con la Fujoshi para rastrear a algunas de las víctimas de Marianne. Meryl y Lumine se encargarían de la parte “mágica” del asunto ya que, como todos sabemos, el antihéroe es diestro con la magia de emociones y de la casualidad, aún cuando la suya proviene de una fuente completamente distinta a la de Shoujo.

Alfredo había cambiado y eso lo sabía; en este mundo de monstruos gigantes, gente de relleno y personajes principales, de pronto ya no era ese extra que busca reconocimiento comprando anillos de Akatsuki, sino que se había convertido en un “protagonista” con todas sus letras; más allá de su apego a seguir actuando como personaje genérico, era un estratega reconocido e incluso ya estaba empezando a demostrar su don de mando.

Los demás extras lo miraban con respeto, como si fuese el ejemplo que ellos quisieran emular e incluso los demás protagonistas de este otaku mundo sentían un extraño orgullo al saber que era él y no otro Hito quien les traía el pan. Entonces, si había logrado lo que tanto deseaba, ¿por qué aún sentía ansiedad? Algo más, sabía que tenía que haber algo más; pero no estaba seguro de qué.

Estuvo pensando eso todo el camino a su segundo trabajo, el de vendedor de zapatos y le resultó difícil concentrarse en la universidad, debido a esa cavilación. Sólo cuando le avisaron que Ayumu, la Reina Fujoshi, lo estaba esperando en la puerta del casino en el que el extra también trabaja (ella no puede entrar por su edad), salió del trance y fue a buscarla para escuchar, como todos los días, el reporte que le tenía que dar.

Alfredo se quedó sorprendido, ya que, en lugar de la adorable y pequeña niña moe, se encontró con una adolescente de 17 años, casi tan alta como él. Entonces lo entendió. Estos cambios sólo podían significar algo: Boxworld había entrado en una nueva temporada.

Un detalle interesante de los personajes de Boxworld es que no envejecen o cambian físicamente de la manera en que ocurre en otros planetas ni con la lógica tempo-espacial del resto de universos. En el mundo caja, uno crece de acuerdo a su trama. Un protagonista podría pasar años atrapado en el cuerpo de un infante y luego, en cuestión de meses, volverse adolescente o incluso adulto, si las trama de su vida así lo exige. Esta mutabilidad no se aplica sólo a la “edad”, sino también a diversos aspectos físicos. El adolescente que se la pasa comiendo y jamás engorda, de pronto se descubre con un sobrepeso imposible; la chica con heridas que no cierran (aunque nunca la incomodan tampoco), se da cuenta de que ahora ya no las tiene; la pareja que mantiene el mismo estilo de cabello sin necesidad de ir al estilista, se da cuenta que su cabellera es más corta o más cana.

Estos cambios indican que los personajes ya no son lo que antes eran, que cambiaron, que fueron “replanteados”. Y si bien la mayoría toma esto con mayor o menor grado de aceptación, hay algunos, como es el caso de Friki, que hacen hasta lo imposible por no cambiar. 

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