Guzana encontró a Chokobo sentado en el micro. Fue un encuentro casual, como si el destino o la casualidad hubiesen querido que ambos se encontrasen. Ella tenía un hermoso polo morado, con diseños de Jack Skellington y pantalones negros ceñidos para hacer juego; el ojo izquierdo fulguraba en un hermoso verde esmeralda, típico de la magia shoujo, mientas que el derecho, debajo de su sólido mechón de cabello, dejaba escapar un violáceo tono con el que, ahora sin secretos, mostraba al mundo que usaba también energía Emo. Él, en cambio, hacía días que no se cambiaba y parecía un vago más; el cabello, que le había crecido mucho en esos pocos días, los jeans sucios, su holgado polo blanco y la postura en la que se había sentado hacían recordar más a “L” que al chico que vino del Normalworld.
Chokobo la vio subir y se le contuvo el aliento; Guzana se dio cuenta y ambos cruzaron miradas, fue entonces que ella decidió sentarse al lado de él.
Y todo fue silencio.
Nadie se atrevió a hablar, temiendo lo peor; ambos querían romper y no se atrevían a decirlo. Ella temblaba, él quería llorar y el dolor fue tan grande que les hizo preguntar de nuevo ¿Y si la seguimos? Pero eso ya no era una opción.
Entonces Marianne habló.
Sé que son amigos – Dijo ella, apareciendo de la nada, con una voz tan maternal que derrumbo de inmediato cualquier miedo natural – Sé que quieren y respetan, pero vamos, sean sinceros ¿Se aman en verdad?
Ambos se abrazaron tristemente, sabiendo que ninguno de los dos podía decir que sí.
Y se sintieron libres.
El amor después del Shoujo
Marianne mantiene los labios pegados a Friki-san, en un beso que mezcla el odio hacia la terquedad de su ex con el dolor de la decepción por aquel a quien antes amó. Cabe decir que esto es de lo más simbólico, porque, así como su primer beso le mostró el futuro al otaku, el último le enseña el pasado a Shoujo.
Y le recuerda cómo es que, hace ya tantos años, a la casualidad ella forzó.
Marianne, la forma humana de esa energía otaku a la que llamamos Shoujo, ese ser que domina la mezcla de emociones y que, sin embargo, es incapaz de entenderlas, esa mujer poderosa, única y eterna, se sintió sola una vez y decidió conocer al amor de su vida. Ella sabía que tardaría tiempo, que habría un viaje emocional de maduración por el que, tanto ella como su “otra mitad”, tendrían que pasar antes de conocerse y ser idóneos el uno para el otro, pero ella no estaba dispuesta a esperar.
Usando su propia sangre, dibujó una línea entrecortada a sus pies, trazando una ruta por la que el autobús del destino debía parar. Obligó a la casualidad a llevarla a donde ella quería y como pago a la tragedia (que cobra por todo aquello que se le exige a su colega), decidió que hacerle saber el destino funesto que podría esperarle a su futuro enamorado era más que suficiente.
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