El cómo Friki-san pudo confundir “Baile victoriano” con “Pogo de inmigrantes Victorianos” es algo que Guzana y Chokobo jamás podrán descifrar. El caso es que ahí estaban ellos, con máscaras de porcelana y vestidos con elegantísima ropa una ropa (él de un traje crema que estilizaba su cuerpo y ella con un vestido rojo que resaltaba su femeinidad), en medio de los rezagos de la barra aliancista más salvaje que haya pisado Europa. Y digo “rezagos” porque estos son los que quedaron luego del famoso y épico enfrentamiento entre el Comando Sur de La Victoria-3 y la barra brava del Colegio Franco Canadiense, que se pusieron de acuerdo para encontrarse en París (por motivos que escapan a nuestra lógica); es así que, sin fondos para regresar a su terruño, los peruanos sobrevivientes al empate técnico entre ambos grupos (técnicamente se aniquilaron el uno al otro), terminaron atrapados en Francia, y decidieron semanalmente a expresar su añoranza por la patria y su frustración por no volver, golpeándose hasta la inconsciencia en descontroladas polladas pogo.
Obviamente, la parejita en apuros no tenía ni la más mínima idea de esto y sólo sabían que una horda blanquiazul los iba a destrozar.
- ¿Cuánto te demoras en hacer tu hechizo? – Susurró Chokobo, transformándose en el Macho Latino
- No te preocupes por mí, broer – Respondió Guzana – Tu encárgate de los cien de la derecha, yo iré por los de la izquierda, así
- ¡Qué genial! Eso fue tan “Rey escor…” – El normalworldiano volteó para ver a su chica, pero ella ya no estaba ahí, se había teleportado a varios metros de él – “… pión…”
El Macho Latino se giró nuevamente y se puso en posición de pelea, dejándose de distracciones; al menos eso se dijo, aunque, verdades sean dichas, Chokobo de pronto sintió que si se quedaba mucho tiempo mirando a su novia, volvería a ver el brillo morado en sus ojos y comprobaría que ella no era perfecta, que le mentía y que estaba haciendo algo mal…
Y eso le daba más miedo que toda la horda de barristas ahí presente.
Chokobo aprovechó los pocos segundos de ventaja que tenía, mientras el casi centenar de miembros del comando sur le se acercaba, para cargar su Fri-Ki y hacerlo explotar de manera zonal, empujando lejos a todos sus enemigos, en un radio de treinta pies a la redonda. Luego tomó impulso para salir volando y reventar el techo, con la idea de disparar machongans desde arriba, donde ningún adversario lo podría alcanzar; pero apenas empezó a volar, cerca de cincuenta barristas se le arremolinaron, jalándolo hacia el piso, en medio de dolorosos cogoteos.
Al Macho Latino le resultó más difícil de lo usual el zafarse de sus oponentes, quizás por la gran calidad y cantidad de estos (subraza de los “bersekers”, al igual que los metaleros) o porque en París, la casa de Shoujo, el poder del Shounen puro queda más que afectado. El caso es que Chokobo se dio cuenta que su plan inicial se fue por la basura y que tendría que combatirlos desde tierra, al menos hasta que él y Guzana pudiesen escapar.
Pequeño detalle técnico. Guzana no quería salir del sitio; de hecho, se estaba divirtiendo como nunca.
El corazón le daba tumbos a la radar de emociones; se sentía agitada, nerviosa, temerosa de morir y eso le encantaba. Estaba sola, desprotegida, incapaz de usar esa lentísima magia que había aprendido de Marianne y aún así se sentía más viva de lo que jamás imaginó. Sus emociones saltaban al ritmo de sus latidos y estos estaban sincronizados con las teletransportaciones que hacía para esquivar al rival. Estos saltos en el tiempo nada tenían que ver con la hechicería shoujo, sino con el místico poder del Emo, que le permitía también lanzar brillantes rayos negro-morados y convocar tentáculos de materia oscura en un espectáculo que despertaría la admiración de Lumine Paradise Lost.
Guzana se teleportaba a distancia elevada, dejándose caer con impulso sobre alguna pobre víctima, que recibía el impacto de sus rayos o la presión de sus tentáculos. Divertida como estaba, decidió crear dos bastones negruzcos (hechos de la misma materia oscura de los apéndices que convocaba), uno para cada mano y empezó a atacar con ellos a la multitud contra la que peleaba.
Cerca de diez barristas rodearon a la radar de emociones, con armas punzo-cortantes de variopinto tamaño y ella los invitó a dar el primer golpe. Uno de ellos llegó primero y la peleadora bloqueó un machetazo, poniendo los dos bastones en posición de cruz; estos explotaron de inmediato, empujando al enemigo varios metros hacia atrás (junto con otros rivales que también querían arremeter). Luego estiró los brazos, para golpear a los enemigos que venían de los costados y finalmente miró a los victorianos que iban a atacar su retaguardia se teleportó detrás de ellos, para impactarlos con los dos báculos a la vez. Por un instante sintió ganas de imitar a algún personaje de videojuegos y hacer una pirueta para celebrar su victoria; pero sus enemigos no le dieron tiempo para eso y acometieron nuevamente, nunca dispuestos a dejarse ganar.
Su cuerpo comenzó a vibrar y Guzana se dio cuenta que lo que sentía era tan intenso como la melancolía, que las emociones que tenía en ese momento eran tan fuertes como las depresiones que se provocaba y supo que esa “adicción” que tenía no era realmente a la tristeza, sino a cualquier sentimiento nuevo y extremo, a la adrenalina, a experimentar cada vez más.
Se supo volando en este cielo de emociones nuevas, mientras disparaba rayos púrpura a sus adversarios y se preguntó si realmente debía quedarse con Chokobo, que le daba interminables dosis de tristeza con sus mentiras y su miedo a enfrentar la realidad ¿Valía la pena seguir con eso, cuando ya sabía que no sólo la tristeza podía hacerla volar? ¿Valdría la pena dejarlo y ver que pasa? ¿Qué clase de futuro le podría esperar?
El miedo a no saber se apoderó de ella y fue una sensación que le desagradó. Titubeó por un segundo y eso fue suficiente para que algunos barristas le arrojen un par de machetes, que ella apenas pudo esquivar con su teletransportación. Luego de eso, decidió dejarse de juegos y empezó a conjurar.
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