Resultó que Midori había salido de su aburrido pueblo con la esperanza de conocer la capital; quería independencia, tener nuevas vivencias, salir de su aburrida “prisión”; así que, juntando todo el dinero que pudo y con maletas en mano, se vino a Lima-3 en busca de un futuro mejor... Pero olvidó un detalle: Dónde diablos iba a vivir.
Y así, mientras Alec caminaba por las calles de la capital, dándole de comer a los perdidos perros sin hogar (como hacía siempre que estaba de permiso); Midori se perdía en el camino, gimoteando cual perro callejero, mientras buscaba alquilar un lugar. Y distraídos como estaban, fue que ambos chocaron.
Alec (todavía sorprendido de haber invitado a una chica a comer) apenas si pudo contener la risa cuando escuchó el relato. Estaba sentado frente a ella, en un café que tenía una hermosa vista, en la que, a lo lejos, podía verse una adorable colina con una canchita de futbol en la cima.
- Bueno ¿Qué ordenamos? – Preguntó Jonathan
- Todos las existencias de Min Pao de este local – Respondió Midori, casi babeando, al tiempo que sacaba su billetera
- ¿Min Pao? ¿Qué es eso? – el soldado parecía confundido
- ¿Nani? – Preguntó la chica, graciosamente ofendida – El min pao es la cosa más rica que se haya inventado jamás
- Ohp, lo siento, es que nunca lo he probado
- Eso se arregla hoy… ¡MOZO! – Gritó Midori – Trae dos docenas de Min Pao y uno más para mi amigo, pero que sea YA
Cinco minutos y veinticuatro min pao después, no había persona en el café que no estuviese mirando a la misteriosa chica que devoraba panecillos orientales blancos rellenos de carne de pollo con tanta brutalidad y mala educación que su sola imagen traspasó el tiempo y el espacio, viajando de mente en mente hasta llegar a algún rincón olvidado de los recuerdos de Akira Toriyama, haciéndole sentir que Goku era de pronto un maestro del buen gusto y la etiqueta.
Pero Jonathan no estaba viendo lo mismo que los demás; se había quedado perdido en el misterioso brillo verde de los negros ojos de la chica, el ondulante mar de sus marrones cabellos y el aroma calido de su fino cuerpo. La miró sonriente y de alguna manera supo que, si alguna vez había soñado con la mujer perfecta, si alguna vez había fantaseado con la chica ideal, Midori se la llevaba mil veces de encuentro, porque ella era todo lo que él había deseado y más.
Otra casualidad se cruzó en el camino y ella, que no se había dado cuenta que el panecillo que quedaba en la mesa era el de Jonathan, se inclinó a devorarlo, quedando peligrosamente cerca de un muy nervioso Alec que, en un impulso que jamás en su vida había tenido, tomó su mano. Ambos se miraron en silencio y la casualidad (tan poderosa en Boxworld como lo es en otros mundos el destino y que parecía que si o si quería verlos juntos) hizo que la mesa perdiera el balance, empujando a Midori hacia delante y acercando los labios de ambos en un beso “casual”.
Y con esa suma de casualidades, en el multiverso nació una nueva dimensión, una dimensión privada que sólo comprendía a ambos, una dimensión de bolsillo llamada “amor”. En ella, el tiempo transcurría cada dos semanas, cuando (gracias al permiso de salida de Jonathan) los dos se juntaban, pasando largas horas enseñándose mil formas de querer. Así fue que, a través de ese tiempo extraño, de pronto allí estaban, catorce meses después de su primer beso, tomados de la mano, en ese café que se había transformado en parte de su universo personal.
Sólo la noticia que Alec le dio a Midori pudo enturbiar el momento. El ejercito había seleccionado al joven soldado para formar parte del proyecto del “Súper Soldado”; un proyecto extremadamente confidencial, cuyos detalles no podían darse a conocer al público, pero que le aseguraba una paga más que excelente. El único problema es que tendría que estar doce meses lejos de su chica; pero si eso aseguraba su futuro juntos, valía la pena el sacrificio.
La chica no pudo ocultar su preocupación, mientras su enamorado le hablaba y (quizás porque lo necesitaba más que nunca) cerrando sus ojos, lo abrazó. Él la tomó en sus brazos, acarició sus cabellos y sujetó su mano derecha con decisión. Ella sintió que algo frío le recorría el dedo anular y, cuando abrió los ojos, se vio luciendo un finísimo anillo de “acero inolvidable” que su novio le compró.
El acero inolvidable (nombrado así por su descubridor, el Científico y Poeta Gustavo Cerati) es el metal más preciado de todo Boxworld. Se le puso ese nombre porque aquel que ve un objeto hecho con ese elemento jamás borrará de su cabeza tan hermosa creación. Es el metal perfecto, lo que todo el mundo piensa cuando escucha “metal” (y no se viene con cosas ostentosas, como el oro, o extravagantes, como el mercurio). Es plateado, indestructible y extremadamente brillante; tan puro y perfecto que, según se sabe, los forjadores especializados no lo moldean, sino que le piden permiso para que se deje forjar. Demás está decir que Alec empeñó mitad de su vida en ese pequeño anillo y que Midori estaba tan impresionada que parecía que iba a estallar.
- Un año, sólo será un año –Dijo Jonathan – Luego nos vamos casar
- ¡Hey! Yo aún no he acept… ¡Diablos! ¿A quién engaño? Ven acá papito – Dijo Midori, abalanzándose sobre su chico y dándole un sonoro beso – ¡Pero mitad de año no me digas que ya no te quieres casar!
- Chiquita – Alec sonrió – Ese anillo lo tendré que pagar hasta el día en que me muera ¿En serio crees que me voy a echar para atrás?... O bueno, podría dejar de pagar y decir que estaba a tu nombre, así yo me fugo y te meten en cana por estafar… ja, ja, ja
- Eres un idiota, ¿sabes? – Midori reía – Un lindo y tierno idiota – al decir esto, lo besó.
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