miércoles, 30 de junio de 2010

The spy who ate Min Pao (octava parte)

Mark ve, en su rastreador de agentes, un punto brillante (que representa al comandante) apareciendo y desapareciendo de un sitio a otro, sin sentido. Imagina que la agencia hizo alguna jugada y guió a su ex jefe a una trampa, por lo que Alec tuvo que empezar esta extraña maniobra de escape; maniobra que es por demás ridícula, ya que ni todo los bocadillos del mundo podrían salvar a alguien del cansancio y el shock mental que el uso excesivo del superpoder produce.

Decide dejar de pensar en lo que ve en el rastreador y pone manos a la obra. Con una voz firme y decidida, el agente de segundo nivel y ahora jefe del cuarto nivel de la Agencia de inteligencia, el héroe de Boxworld, Kaypaku Sugaota (de nombre clave Mark), ordena que preparen un helicóptero y, junto al escuadrón de hito-swats, se dirige a donde realmente está el Dr. Moetaku, para protegerlo a como de lugar.

Y fracasa espantosamente.

O sea, no es que Kaypaku sea un incapaz, pero parece que la suerte no está de su lado. Así que cuando llega al sitio señalado (en el que se supone había una colina, pero en cambio encuentra un monstruo gigante desmayado), lo que ve es a Lumine lanzándole tentáculos de energía negro-morada al comandante, mientras Hito le dispara, sacando cada vez más armas de su maletín para guitarra.

En este momento, Mark no tiene ni idea de todo lo que pasó entre su viaje en helicóptero y la llegada al sitio; por ejemplo, el Agente Sugaota no sabe que, luego de su paso por el cuarto con el alce, Jonathan perdió cualquier atisbo de cordura y se puso a “saltar” desesperadamente en busca de su enemigo. Fue a todos los sitios comunes; los laboratorios subterráneos del Nippi; el salón del Moe, en Washington D.C.; la sede en la Antártida, donde lo transformaron; el puerto en el Callao, donde él y Midori se vieron por ultima vez… Por ultima vez… Midori… Midori…

Alec sacudió la cabeza; el uso excesivo de su teletransportación empezó a hacer estragos en el comandante, fatigándolo mentalmente. De pronto, ya no podía pensar en otra cosa que no fuese su ex novia y la pena de no volver a verla lo enloqueció aún más; la memoria de sus momentos juntos se manchaba con la idea de no poderla tocar más; el amor que sintieron fue empañado con el recuerdo de la separación y las ganas de verla se cubrieron del miedo de que ella viese en lo que él se convirtió. Y aún así, quiso verla, lo deseó con todas sus fuerzas; fue por eso que su cerebro, atrofiado por el cansancio y la locura, volvió a teleportarlo (esta vez, estando él consciente) al café de sus recuerdos, el lugar donde su amor nació, el sitio donde su lado bueno murió.

Vio el café. Vio la colina. Vio que ya no estaba. Vio un monstruo gigante. Vio gente alrededor. Vio a Okami Moetaku.

Se teleportó.

Ya sin pensarlo siquiera, se lanzó hacia Okami y comenzó a molerlo a golpes ante la mirada atónita de sus amigos, Hito, Ayumu, Guzana, Meryl y Lumine, que no atinaron a reaccionar.

- Midori… Midori… - Repitió Alec, guturalmente.

- ¡KYAAAAA! – Gritó Guzana, poniéndose delante de todos – ¡QUÉ NOMBRE TAN LINDO! ¡SE LO PONDRÉ A MI MASCOTA!

- E-Eso fue… Fue tan… ¡MOEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! – Dijo Okami, recobrando fuerzas

- ¿Qué demo…? – Intentó decir Jonathan, interrumpido por el puñetazo del científico

La idea de Guzana, la niña del mechón sólido, dio resultado. Apenas Alec dijo “Midori”, ella (como el radar de sentimientos que es) pudo captar lo importante que era para él ese nombre. También recordó la energía emocional que le da a Okami todo lo que sea Moe y de inmediato reaccionó. Al gritar de ese modo no sólo le dio nuevos bríos a Moetaku, sino que desestabilizó al enemigo y sacó al resto del grupo de su estupefacción.

Hito sacó su estuche de guitarra, de la nada, y le lanzó un par de armas al científico, mientras Lumine le empujaba con unos tentáculos de materia negra de manera tan diestra, que hizo a todos preguntarse por qué no los usó cuando estuvo colgando del gigante/colina; quizás, de haber hecho eso, podría haberse salvado solo, en lugar de pedirle ayuda la peor manera posible a Guzana, causando que Chokobo (a quien en ese momento realmente necesitaban) entrase en Berseck y lo atacara, sólo para luego ir a golpear a Friki-san. Fue Meryl (que ya estaba sacando su espada) la que puso cara por su amigo y les recordó al resto que cuando Lumine está nervioso, realmente olvida todo lo que puede hacer. Eso no quitó el mal sabor de boca que todos sintieron.

Sólo Ayumu y Guzana se abstuvieron de pelear, ya que, por un acuerdo implícito, ellas irían en busca de Friki, para evitar que Chokobo (en modo Macho Latino) lo pueda masacrar. Meryl las miró irse, y sintió preocupación por ellas; fue por eso que el propio Lumine le dijo que las acompañe, que los tres chicos podrían con Alec y que en todo caso, si la necesitaban, igual él la podría llamar. Tratando de ocultar su alivio, Joshi Kankoku aceptó.

Fue así que en el sitio sólo quedaron Alec contra Hito, Okami y Lumine… Y El comandante supo que tenía las de ganar.

Hito y Lumine hicieron sus jugadas, atacando con gran precisión, el villano de Boxworld, enterrando sus tentaculos en el suelo y haciendo que emerjan en dirección a su enemigo, mientras que el extra genérico disparaba hacia arriba con varias armas, para causar una lluvia de balas; ambos hicieron el mayor de los esfuerzos para atacar una gran área, pero el Comandante sólo tuvo que teleportarse, esquivando fácilmente los ataques y ponerse a la espalda de Okami para luego matarlo limpiamente. Fue entonces que, justo cuando estuvo a punto de eliminar a Moetaku, sin que nadie se hubiese percatado de eso, que una patada impactó en las piernas del comandante, haciendo que pierda balance y caiga de bruces al suelo.

Ahora todos miran la escena, impactados y Okami se alegra de ver quién lo salvó: Es Kaypaku Sugaota, el héroe de Boxworld.

- ¿Escucha eso, Comandante? – Dice Mark, poniéndose delante de sus compañeros – Es su trasero quejándose, porque sabe que lo vamos a patear


Este capítulo:

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Parte 6

Parte 7


Capítulo Siguiente:

Street Otaku II

miércoles, 23 de junio de 2010

The spy who ate Min Pao (séptima parte)

Supongo que con esto, se puede entender perfectamente por qué la última vez que se vio a Alec, estaba masacrando a Okami… Ah, no, lo siento, estoy adelantando en el relato.

Mark sigue donde lo dejamos, con aspecto cansado y enmarrocado a la mesa de metal, como si fuese James Bond contra en satánico Dr. No. El comandante Alec terminó su relato (que bien pudo resumirse en “odio a Okami porque me quitó a mi chica”, pero ya es rollo posero de él) y el Agente Sugaota se le queda mirando, como quien lee sus emociones. Mark mira el reloj de la pared y se da cuenta que ya pasaron diecinueve minutos.

- Ya puedes dejar de fingir – Fue lo que Alec dijo mientras Mark contaba los minutos

- ¿De qué hablas? – Mark tose su respuesta, luciendo extremadamente débil

- ¿Acaso pensaste que no sabía de tu entrenamiento para resistir venenos? – El comandante sonrió con maldad en medio del ataque de tos de Sugaota y este, sorprendido, deja de fingir – Estabas tan concentrado en ver lo que tramaba, en saber que “gran secreto de la agencia” sabía y tan enfocado en tu “actuación” de moribundo que ni siquiera pensaste que lo que estaba haciendo era ganar tiempo

- ¿Ganar tiempo? – Dice Mark, al tiempo que sus grilletes se abren, gracias a un botón que Alec apretó

- Veintiún minutos, para ser exactos, tiempo suficiente para que el radar de la agencia ubique a una persona – Esto lo dijo Alec, señalando la Pc de su escritorio

- A Okami – Kaypaku se queda mirando al comandante, que le ha regalado una sonrisa burlona. Entre tanto, un escuadrón de Hito-Swats entra en la habitación y apuntan a Jonathan Alec.

La secretaria del despacho del comandante no puede creer lo que ve; lo único que había hecho era hacerle caso a lo que Mark le había pedido hace un rato - Si no salgo en veinte minutos, llámame con este teléfono – Le había dicho el héroe del Boxworld, entregándole un celular, luego de un largo rato de coqueteos. Demás está decir que por nada del mundo se le ocurrió pensar que ese celular serviría para mandar una señal con la que toda una horda de efectivos vendría corriendo a donde Sugaota estaba.

- Supongo que ya te habrás dado cuenta que también esperaba esto – Dijo el comandante antes que lo encañonasen – Las maniobras de la agencia son siempre tan predecibles

- Comandante Jonathan Alec – Mark habla con gran firmeza – Queda usted arrestado por intento de asesinato y abuso de autoridad

- Ellos sabían lo que el Dr. Moetaku hizo; lo del normalwordiano “Chokobo” y lo de ese monstruo llamado “Ayumu”– Alec ignoró por completo las palabras de Kaypaku – Uno de mis informantes anónimos consiguió la documentación – A la par de sus palabras, el comandante mostró un fajo de archivos que estaba encima de su escritorio - Y aún así, ellos dejaron que siga… La Agencia a la que tanto amas, la que depende por entero de ese sujeto, no es más que una ratonera corrupta… Pero pronto ya no lo será más

Mark se percata que la mirada de Alec se enfocó en su ordenador. Kaypaku amplia el rango de su vista y ahora se da cuenta del min pao medio masticado al lado del teclado y se paraliza al darse cuenta que el comandante sonrió.

El agente de segundo nivel Kaypaku Sugaota, se abalanza sobre Alec, pero lo único que consigue es abrazar a la nada, estrellándose contra el escritorio. Totalmente consciente de la situación, atina a mirar la computadora del comandante, que muestra una imagen de Okami, junto a unas coordinadas en un mapa que le dicen claramente a dónde es que Jonathan se teleportó.

Y de pronto, el cuarto con un alce…

A ver, a ver, creo que así nomás no se entiende, pero lo que pasa es que, apenas Alec se llegó al punto al que se teleportó, pisó el verde pasto y apareció abriendo la puerta del “404: File not found” de Boxworld, donde el alce lo esperaba, junto a un agente de inteligencia.

O sea, no es como que Alec no se imaginase alguna maniobra de la Agencia; era obvio que si en el radar alguien ordenaba “encuentra a Okami Moetaku”, los de inteligencia lo sabrían y harían lo de siempre: Poner un montón de Hito-Swats alrededor del objetivo (en este caso, el Doctor), protegiéndolo con toda la artillería posible. Y esa es la clave, el Comandante esperaba todo un ejercito, así que se preparó mentalmente, repasando las formaciones usuales y los puntos flacos en los que podría teleportarse y así matar a Okami; pero, en cambio, un solo Hito-agente, un clon genérico sin cara, con ropa cincuentera, sombrero de hongo y bastón estaba en la habitación, acariciando al alce sin hacer mucho caso del comandante.

- Supongo que estabas esperando una gran batalla final – Una calmada y anciana voz sale del Hito - Temo decirte que eso no pasará

- ¿Dónde diablos…? – Intentó decir el comandante, sin llegar a completar la frase

- ¿Lo escondemos? – Interrumpe el agente – Lamento decirte que las cosas no funcionan así, muchacho; no cuando chocas con el Primer nivel de la agencia

- Así que por fin hice temblar a los grandes señores de la guerra – Alec sintió un leve orgullo

- ¿Temblar? – Rie sutilmente el hombre – Creo que lo has entendido todo mal; verás, te hubiese detenido en este momento, pero no lo haré

- Quieres que me una a tu causa y mate por ti, seguramente

- No, no, no, estás saltando conclusiones; verás, ahorita no eres más que un peón en el ajedrez de un estratega mayor; eres parte de un plan que, si bien no hicimos nosotros, nos conviene bastante y es por eso que no planeamos meternos; pero bueno, no te interrumpo más. Has tu capricho, si quieres, intenta escapar ¿A dónde iras si no sabes ni dónde estás parado? ¿Quizás a una calle conocida? ¿O a un café cercano? ¿Piensas volver a la Antártida? Salta hacia donde se te de la gana, eres libre de hacerlo, total, eso que tienes en la muñeca nos dirá dónde estás; sólo recuerda una cosa: Los “jumper” no dejaron de hacerse cuando saliste tú.


Este capítulo:

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Parte 6

Parte 8


miércoles, 16 de junio de 2010

The spy who ate Min Pao (sexta parte)

El eterno silencio que duró un segundo contuvo los miedos más intensos de ambos. Jonathan de pronto estuvo detrás de su amada, teleportado como si su nuevo poder le hubiese querido jugar una mala broma. Se negó a pensar nada y volvió hacia ella, para tocarla, para amarla como siempre lo hizo, pero su cuerpo volvió a saltar. Midori no pudo esconder un gesto de pánico, mientras el Agente Alec intentaba con todas sus fuerzas acercarse a ella, mientras su cuerpo la pasaba de largo. Jonathan gritó, con lágrimas en los ojos, tratando de luchar contra si mismo. Siguió “saltando” alrededor de Midori, incapaz de sentirla una vez más.

Y de pronto, presa del colapso mental, el hombre se desmayó.

Alec abrió los ojos y se encontró frente a Okami. Por un momento su mente le dijo que todo fue un sueño; pero al escuchar el llanto de Midori, supo que lo que había pasado fue real. Jonathan miró a todos lados y se dio cuenta que estaba en la cama de un hospital; miró al Dr. Moetaku, que le tomaba el pulso y luego vio a su amada, sentada (según sintió él) a varios metros de su cama.

- Es mejor que los deje a solas – Dijo Okami, con voz triste, luego se paró y se fue de la habitación

- No te preocupes – Jonathan trató de consolar a su chica

- Alec… - Trató de decir Midori

- Seguramente es un efecto secundario del… ahm… del proyecto – Alec siguió, sin escucharla

- … Escucha… - la chica intentó completar su frase nuevamente

- Estoy seguro que lo arreglarán pronto y de ahí nos podremos…

- ¡Basta! – Midori se quebró - ¡Basta! ¡Basta! Todo esto es mi culpa, es mi culpa ¡Dios santo! Y tú sin saberlo

- De que hablas, linda; tu nunca has sido culpable de nada

- El Dr. Moetaku me lo dijo

- ¿Qué te dijo ese tipo? – Jonathan intentó incorporarse – Si acaso él te dijo alguna estupidez, juro que lo mato

- ¿Sabes cómo se activa tu poder? – Cortó Midori, en seco

- ¿Cómo sabes que…? ¿Qué te dijo el Dr. Moetaku? Se supone que es confidencial

- ¿En qué pensaste cuando te transformaron?

- E-En el min pao, como me dijeron. Pensé en cómo te gustaba… - Alec hizo una pausa siniestra – Pensé en ti

- Ahora lo entiendes, ¿No? Lo que comes no activa tus poderes, es lo que te hace recordar… Yo

- No, no, no… Tiene que haber un error… Eso no es lo que me dijeron… Seguro hay forma de remediarlo

- El proceso es irreversible

- ¡NO! – Gritó Alec al tiempo que intentó alcanzar a su chica, sólo para teleportarse a su costado

- Lo siento – Midori bajó la mirada mientras Jonathan seguía intentando abrazarla

- Esto no puede ser, no lo acepto – la voz del joven tembló

- Lo siento, lo siento – Las lágrimas de la chica se derramaron por el piso – Soy una cobarde, no soy capaz de verte sufrir, lo siento

- ¿Qué me estas diciendo? – el hombre sintió que su corazón daba tumbos

- Que no tengo valor para seguir. Te estoy haciendo sufrir

- No digas eso, debe haber otra forma; podemos encontrar la manera de…

- Soy una cobarde, lo siento – Midori se fue corriendo, dejando en el suelo el anillo de acero inolvidable. Alec intentó seguirla, pero estaba tan débil que no pudo.

De nuevo, un sueño. Un sueño de Jonathan y Midori paseando por los pasillos de un centro comercial en el que nunca estuvieron antes; un sitio lleno de tiendas vacías y paredes color arena que se extendían hasta el infinito y cientos de niveles hacia abajo, en los que se podía ver algo de gente. El piso en el que estaban, el más alto, estaba desierto y ambos aprovecharon esto como excusa para empezarse a besar; de pronto ya no estaban en los pasillos, sino cerca al elevador. Jonathan sabía que tenían que bajar y fue Midori la primera que entró en el ascensor, pero por alguna razón extraña, la puerta se cerró antes que él pudiera seguirla y el agente Alec supo que ese aparato no volvería subir jamás. Trató de encontrar las escaleras de emergencia, pero algo en su mente le dijo que no las iba a encontrar; fue entonces que recordó los poderes que tenía y pensó en el sitio donde podía volverla a encontrar.

Alec despertó, dándose cuenta que, en medio de su sueño, se había teleportado al café con vista a la colina donde él y Midori empezaron su relación.

Jonathan rompió en llanto al recordar la realidad; el mundo seguía avanzando, pero su amada y él ya no. En la oscuridad del local cerrado, el “jumper” se acurrucó bajo una mesa, tratando de asimilar su situación. Pero su silencio sagrado fue cortado por el ruido de un perro callejero (como los que Alec solía alimentar) que, de alguna manera, se había colado en el interior.

Una cachorra pequeña, de brillante pelaje castaño, gemía de hambre y buscaba compasión… ¿Compasión? ¿Acaso el mundo la había tenido con Alec? ¿Acaso no habían jugado ya mucho con él? Se sintió como el perro, gimoteando por algo que necesitaba para vivir; rogando y humillándose frente a la nada y, por supuesto, esta jamás iba a reaccionar.

Él era un perro sin dueño por culpa del destino… A menos que…

La cachorra salió volando por los aires cuando Jonathan la pateó y se estrelló contra la pared, sólo para ser pateada nuevamente, con un profundo rencor. Alec se vio a si mismo, matando la debilidad de su ser; el destino quería humillarlo, pero él no se dejaría eso, ya no. “Se golpeó” nuevamente, ignorando los gemidos y la mirada de terror de su “otro yo”; lo pateó hasta que no le quedaron fuerzas, hasta que el animalillo no fue otra cosa que una masa sangrante de carne y, luego de devorar en la cocina un par de min pao congelados, se teleportó.

Cuando fueron a buscarlo, a la mañana siguiente, lo encontraron uniformado y listo para trabajar. Ninguno de los agentes se dio cuenta de las ropas ensangrentadas en el tacho de basura, ni de la mirada fría que Jonathan ocultó tras unas gafas de sol. Fueron mucho menos capaces de darse cuenta que el Agente Alec ya estaba anidando un rencor profundo hacia los otros, hacia la agencia para la que trabajaba y hacia el maldito Dr. Moetaku que, con su imbecilidad, le quitó el amor. Y por supuesto, nadie supo que la noche anterior, después de matarse como un perro, había decidido destruirlos a todos ellos desde el interior.


Este capítulo:

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Parte 7

Parte 8


miércoles, 9 de junio de 2010

The spy who ate Min Pao (quinta parte)

Bueno, es momento de regresar a la historia. La entrada de Alec en el tubo modificador de ADN significó, para Okami, la culminación de cientos de experimentos fallidos y anécdotas tristes; fue por eso que Jonathan (ignorante de todo lo pasado) sintió en el Dr. Moetaku cierto aire de solemnidad cuando este se acercó a los controles principales.
“Quiero que pienses en tu bocadillo favorito cuando empiece el proceso” le había dicho el notable científico al soldado, antes que este entrase en el tubo de grueso vidrio que lo habría de transformar. Según le explicaron, los poderes se activarían cuando comiese aquello en lo que pensó, convirtiéndolo en una especie de “Popeye”, pero más otaku. Le pidieron que dijese lo que quería comer y, por un momento, Alec se preocupó por no tener algo que le gustara más; de pronto pensó (casi con una sonrisa) que si se tratase de Midori, ella no hubiese dudado en gritar que el Min Pao la hacía vibrar… Y fue entonces que la respuesta se volvió obvia para él.
Momentos después (y ya con las salidas selladas), dentro del tubo modificador, una mascarilla conectada a un tanque de oxigeno externo bajó y Alec se la colocó, tal y como le indicaron desde afuera; se sorprendió al ver que dentro de la máscara había una pequeña muestra de Min Pao, y (ya que dentro del tubo había unos escáneres diseñados para detectar los cambios en su organismo) supo que tendría que comerla cuando el proceso al que se sometía tuviese final. Apenas le dieron la señal, el soldado cerró los ojos y empezó a sentir cómo una especie de fluido coloidal llenaba el sitio donde estaba y entonces soñó.
Se vio comiendo uno de esos panecillos junto a su amada, abrazándola mientras miraban juntos el amanecer. Se vio besándola con un beso “sabor min pao”, que era como Midori llamaba a esos ósculos de después de comer. Y se vio, de pronto, lejos de ella, hundiéndose en un suelo que se diluía como lodo, incapaz de salvarse y sabiendo que jamás la volvería a tocar.
Eso lo despertó.
Para su terror, descubrió que el fluido había empezado a colarse por la mascarilla y pronto lo iba a ahogar; afuera, las humeantes pantallas del control principal por unos momentos mostraban “proceso terminado” y por otros “falla terminal”. Los hito-científicos corrían de un lado a otro, presas del miedo y parecía que el edificio entero se iba a derrumbar. Alec entró en pánico y en lo único que puso pensar es que quería salir de ahí; rogó con todas sus fuerzas que el experimento realmente lo hubiese cambiado y, totalmente desesperado, acomodó la máscara para devorar el bocadillo que significaría su salvación.
“Como Popeye” le dijeron y él automáticamente pensó en fuerza superior, pero al golpear el vidrio con sus puños, lo único que logró fue causarse un intenso dolor. Golpeó más fuerte, hasta que sus manos sangraron, sabiendo que lo único que lo separaba de la vida y la muerte eran esos doce centímetros de distancia que tenía el grosor de las paredes del tubo de modificación. Pensó en Midori, en cuanto la amaba y cuanto la anhelaba abrazar. Se imagino saliendo de donde estaba, caminando unos cuantos pasos y volviendo a ver a su amada, con la que sea como sea se iba a casar. Sólo doce centímetros… Alec usó los hombros para tumbar la compuerta del tubo, sin éxito… Sólo doce centímetros… Se quitó la máscara, que estaba llena de fluido… Sólo doce centímetros… Midori lo esperaba al otro lado de ese infierno… Sólo doce centímetros… Y todo estalló.
“Alec… Alec…” Escuchó decir Jonathan; lentamente abrió los ojos y lo primero que vio fue el paternal rostro del Dr. Moetaku, que trataba de reanimarlo luego del mal sueño que tuvo durante el proceso de transformación. El laboratorio estaba en perfecto estado, con todos los Hito-científicos y hito-militares en su sitio, mirando al soldado con total estupefacción.
- ¿Q-Qué pasó? – Preguntó Jonathan, confundido
- Muchas cosas – Dijo Okami, muy animado – Lo primero, al parecer, entre sueños te comiste el Min Pao que te dimos y lo segundo, según todos nuestros registros, te acabas de convertir en el primer hombre que usa la teletransportación – Okami rompió los protocolos- ¡Qué recio! ¡Es demasiado bueno para ser verdad!
Eso no importó demasiado a Alec, que se quedó mirando el sellado tubo de modificación, lleno de ese fluido extraño que hasta sólo unos momentos lo cubrió. Suspiró para sus adentros, aliviado de que todo hubiese terminado y nuevamente se durmió.
Los test que siguieron a ese momento y las teorías que se sacaron de la nueva habilidad de Alec, dieron las bases para la actual teletransportación de Hitos, a la par que permitieron conocer los alcances y limitaciones de los poderes de Jonathan. Cualquiera que haya visto la película “Jumper” (o leído la novela de Steven Gould en la que se basó) podría saber más o menos lo que hace esta habilidad, que permite “saltar” de un punto en el espacio a otro, abriendo un “portal dimensional” pequeño alrededor de la persona (o personas, si él lo desea), siempre y cuando ese punto exista y el “jumper” (el que se teleporta) pueda verlo (aunque sea por foto) o recordarlo (como Goku cuando viaja a través del universo).
Fue así que, luego de un arduo entrenamiento con el nuevo poder de Jonathan y de su posterior nombramiento como miembro oficial del escuadrón del cuarto nivel de la agencia de inteligencia (con todo e inserción de dispositivo rastreador en la muñeca), al Agente Alec le dieron permiso de regresar a su hogar.
Era un veinte de octubre y ella estaba ahí; el barco que regresaba de la Antártida se acercaba al puerto y él estaba ahí. El mundo se hacía pequeño y ellos estaban ahí. Las ansias eran grandes y aunque la distancia aún era grande, sus corazones ya estaban ahí. Él bajó corriendo, ella lo vio y corrió también y estiraron los brazos para tocarse y ambos se juntaron para el abrazo eterno… Pero él ya no estuvo ahí.

Este capítulo:

jueves, 3 de junio de 2010

The spy who ate Min Pao (cuarta parte)

Lamentablemente, se tendrá que hacer una breve pausa, sólo para informar que a estas alturas de la narración, diez minutos pasaron desde que Alec inyectó el veneno en Mark y que este (sujeto a la mesa de metal cual espía de película) ya luce evidentemente cansado. Vale la pena mencionar también la notable cantidad de “Midori” que el comandante terminó mencionando hasta este punto de la historia, llegando a superar la CBD (cantidad bruta de “DESU”) de todo Rözen Maiden.

Aclaraciones hechas, será mejor continuar el relato.

Luego de un doloroso beso de despedida, Alec viajó. A veces (y aún cuando hace su mejor esfuerzo) una gran distancia no hace más que juntar a las personas, como fue el caso de Midori y Alec; ambos, estudiosos de ese gran tema que es el amor, sabían que mientras más tiempo y más kilómetros los separasen, más tierno sería el abrazo de reencuentro. Y fue por recibir ese abrazo que Alec jamás se desanimó.

Ya desde el primer día en la base militar de la Antartida, (lugar habitado sólo por criaturas salvajes y Geeks extremos que necesitan mantener en temperaturas bajas sus supercomputadores puestos en “overclock” y así poder jugar “Gears of War” en Windows vista) era evidente que el proyecto no sería juego de niños.

Junto a él viajaron varios otros efectivos, seleccionados por sus aptitudes físicas y su capacidad para armar estrategias bajo presión (en el caso de Jonathan, eso se reducía a empujar a quien lo atacase y ver por dónde salir corriendo hacia una trinchera amiga, pero esto no viene al caso). Tal y como se les explicó después, el objetivo del proyecto era empezar la aplicación de un modificador de ADN, desarrollado por el Dr. Okami Moetaku, que despertaría superpoderes latentes del efectivo que siguiese el tratamiento, convirtiéndole así en un “Súper Soldado”.

A decir verdad, los hito-científicos y hito-militares de la Agencia de Inteligencia de Boxworld (que fue a donde derivaron a Alec) no fueron del todo exactos. De hecho, se comieron las partes más interesantes del proyecto, esas que están tras bastidores y que hacen que incluso el boxworldiano más patriota del planeta se sienta avergonzado de su mundo.

Pero eso ya es otro cuento.

No, en serio, el GRANO ya contrató a alguien para que lo escriba.

Además, esta es la historia de Alec y se supone que en ese momento él no sabía nada de eso.

¡Ya, está bien, está bien! Lo que pasó fue que, si bien en la agencia nunca se enteraron de los experimentos con Frikismo que Okami hizo, SI supieron de su abducción a un poblador del Normalworld. De llegar a saberse, ese acto podría ocasionar una guerra entre mundos, a menos que el culpable fuese sancionado “adecuadamente” (dos penas de muerte más 5 cadenas perpetuas) y obviamente, la agencia de inteligencia de Boxworld (que, para acortar, en adelante será AIB) tenía el deber moral de arrestar al culpable… A menos que dicha persona se acogiese a la “colaboración eficaz” (En pocas palabras “O trabajas para la AIB o eres chivo expiatorio”).

Demás está decir que, cuando un efectivo de segundo nivel de La Agencia entró a los laboratorios subterráneos del Nippi y conversó con el Dr. Moetaku, este no dudó en convertirse en el colaborador más eficaz que jamás se haya conocido.

Y fue gracias a ese chantaj… a esa colaboración que el proyecto del Súper Soldado nació.

Este capítulo: